
Su piel es de nieve, su rostro, de hielo,
su belleza brilla asombrosamente fría,
su sonrisa tiene un trasfondo de mueca,
y en la perfección de sus líneas,
parece como si hubiera un exceso de gélido mármol
y una carencia de carne inflamada.
Pero cuando llega el deseo,
Natalia elimina el último velo que ocultaba su furia desnuda
y se desboca, se descontrola,
derrite su hielo en un incendio furioso
y me exige que horade con urgencia la tersura de su piel.
El glaciar se transforma en volcán.
Y descubro, por fin, a una fiera arrebatada
que no tolera ningún tipo de represión,
ni siquiera el más liviano asomo de continencia.
En este feliz momento
en que hasta su sombra se convierte en sexo,
ella abandona en mis brazos
un cuerpo perfecto que ha dejado de ser distante
y es por fin, un placer inmensamente cercano,
goloso, incandescente, devorable.
Natalia, mi diosa.
Natalia, mi vicio.