Elena, mi sol.
Nunca pensé que en la furia sexual pudiera latir tanta ternura. Elena es el amor más goloso que se haya podido encarnar
en un cuerpo pequeño, mullido, abierto, alegre y manejable.
Mi pequeña niña luminosa, de mirada danzarina,
cada noche intento convertirte en un juguete de sexo,
y al alba, soy yo la que se despierta,
acurrucada en tus brazos,
como si fuera aquella muñeca de tu infancia
a la que dedicar tu inmensa veta de cariño.
Nada puede compararse al placer de comprobar
con qué dulce y deslumbrante insistencia
vas deshaciendo la niebla de mi tristeza,
y transformando mi oscuro amanecer
en una deliciosa mañana de esplendor.
Cuando me sonríes, se terminan las sombras.
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