
El cuerpo de la mujer es hermoso debido a su fragilidad.
La belleza lleva implícito el germen de lo efímero.
Unos senos prietos, firmes, juveniles duran muy poco.
Unos muslos sin celulitis son flor de un día.
Es difícil conservar la belleza en la madurez, sin pasar por la ortopedia del quirófano.
Y es crudo comprobar cómo nosotras, al llegar a una edad, nos convertimos en invisibles.
El hombre maduro tiene un punto de atractivo sexual, que no suele tener la mujer de la misma edad.
Envejecemos más pronto.
Entre lesbianas no hablamos de esas cosas. Nos da miedo, pisamos terreno resbaladizo, porque en el amor entre personas de un mismo sexo tiene mucha importancia la piel, más que en el amor heterosexual.
No me gustaría ser una cincuentona insegura, que se agarra a alguien, hombre o mujer, como un clavo ardiendo, porque cualquier cosa es soportable antes que dormir sola.
Lo tengo claro.
A los cuarenta años justos,
es decir, dentro de ocho años, digo adiós.
Adiós a las novias, adiós a las parejas, adiós al sexo.
Me encerraré a solas con mi vida,
y me dedicaré a darme placer.
Y solo aceptaré a las amigas que también sean cómplices y protectoras de mi querida soledad.