
Evocar los viejos tiempos e intentar revivirlos,
puede convertirse en un fascinante desatino.
Marina, siempre solícita,
ha vuelto a recordar con sus caricias
las veces que nos amamos hace unos años,
en el cálido Mediterráneo,
en esos crepúsculos interminables frente al mar,
mientras Menorca, Marina y yo
dejábamos que la calma nos penetrase.
Cantaba María Callas
Casta Diva, Marina recorría mi territorio prohibido
y yo agonizaba en su piel.
Esta mañana no estaba Menorca, ni el crepúsculo, ni la Callas,
pero en este fresco rincón de la casa,
donde el vino y yo soportamos los rigores del verano,
Marina llegó, vio y una vez más volvió a vencerme.
La nostalgia, sí, es un error.
Pero qué maravilloso error...