
Nos teníamos para la confidencia,
para la broma a distancia,
para la conversación fascinantemente dispersa
y maravillosamente inagotable.
Nos teníamos para estar unidas en la distancia,
gracias a la compenetración de dos mentes.
Exacta palabra,
nos penetrábamos una a otra
con un pene inexistente pero real llamada cerebro.
Nos teníamos tanto
que no podíamos vivir una sin otra,
aunque nunca hubiésemos estado físicamente juntas.
Un día no pude más y le envié este mensaje:
No quiero de ti tu cabeza, ya la conozco, es mi droga diaria. Solo quiero tu cuerpo, o mejor dicho, mi cuerpo quiere tu cuerpo, a pesar de las diferencias que los separan, porque, precisamente a causa de esas diferencias, mi cuerpo tiene prisa por devorarte y ser devorado por ti, el tiempo corre en su contra. Ahora no quiero hablar contigo, quiero besar tus labios, acariciar tus pezones, pegarme a tu vientre, beber tu sexo. Estoy definitivamente obsesionado por ti.
Gracias a esta confesión,
aquella noche fue la más feliz de mi vida.
La sentía tenía a mi lado, exhausta,
había saciado tanta hambre de mi, como yo de ella.
Y después del banquete,
fue mi cuerpo,
que no mi cabeza,
quien emitió el siguiente veredicto:
Ella es única.
Y también la suma de todas las demás.