
Gabriela dispone de un cuerpo goloso,
para acariciar y apretar,
para besar y sopesar,
para morder y penetrar.
Despliega una mirada pícara y triste,
divertida y melancólica,
terriblemente joven y a la vez asombrosamente adulta.
A Gabriela le gusta ser amada,
utilizada, estrechada,
absorbida, saboreada.
Me deja hacer con ella lo que me apetezca,
y a mis urgencias volcánicas
responde siempre con una sonrisa
enamoradamente comprensiva,
apasionadamente dulce,
desaforadamente sumisa.
Gabriela me excita en su pasividad,
porque no hay nada más morboso
que transformar su paciente inactividad en un ilimitado arrebato,
y convertir su apatía en ardor,
su abandono en frenesí,
su serenidad en convulsión,
su gemido en grito.
Gabriela, mi hielo, mi fuego, mi calma, mi furia.