
Hana, una erasmus danesa,
estudia castellano y se ha convertido en mi filóloga favorita.
La conozco en la biblioteca pública del barrio,
ella está leyendo a Garcilaso,
y me pregunta el significado de estos versos:
«Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma misma os quiero».
Al rato, cuando su inteligencia lúcida y sensible
comprueba que me ha conquistado definitivamente,
ella da por concluidas las palabras
y me habla en el idioma común de la piel.
Hana me ofrece su cuerpo sin artificio,
pura carne hambrienta de sexo.
Gracias a ese lenguaje compartido,
comprendo que el deseo tiene razones
que la razón no entiende.
Hana me arrastra al despeñadero de la pasión
allí donde la ternura pierde toda su elocuencia
y la caricia se queda corta
allí donde solo cuenta la furia y el delirio
donde el sexo obliga a dejar bien patentes
las marcas de una en la otra,
como territorio fieramente poseído.
Frenéticamente Hana.
Frenéticamente mía.