Pasión de solsticio.
Conozco a Sandra en la noche más breve y mágica del año y descubro en ella la incontenible hoguera de un deseo feliz,
donde a cada beso,
húmedo, goloso, con sabor a fresa,
le sucedía un gemido,
y una mirada sonriente y agradecida.
Su cuerpo exhibe una sugestiva fragilidad,
su piel se muestra con una suavidad infinita,
y se ofrece sin reservas a la caricia delicada,
pues una presión mayor y más desenfrenada,
rompería el exquisito jarrón de porcelana
de un liviano organismo proclive al descontrol.
Ella no requiere largos preámbulos ni larguísimos cortejos.
Mi primer abrazo desencadena un proceso,
que pudo llegar al desvanecimiento de un orgasmo súbito,
si no hubiese procurado alargarlo con pausas de algodón,
donde su sonrisa de ángel
me elevó mil veces a la antesala del placer.
Pequeña flor de invernadero,
caricia imposible,
pasión de niña,
lujuria de virgen,
locura de un sueño soñado dentro de otro sueño,
en una hechicera noche de verano.
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