Sosegada pasión,
mirada mágica.
Sus besos son suaves, continuos, incitantes,
ligados unos con otros,
de forma que uno alimenta el deseo de iniciar otro,
en un ritmo constante sin ser agitado,
con hambre, pero sin ansia.
Joana despliega el erotismo de la laguna en calma,
su belleza es un trasunto de armonía,
y sin tener una impecable figura,
consigue trasladar la imagen de una belleza
serenamente humana,
profundamente femenina,
auténticamente apetecible.
Hay un imán oculto en su mirada que hipnotiza y arrastra,
que marca el territorio, que podría esclavizar,
pero que se queda a mitad de camino,
como el pájaro cautivo a quien le han abierto la jaula,
para que pueda huir….y también volver.
Su amor tiene la forma de un plácido reposo.
Cuando estoy con ella,
me olvido de la agitación y el frenesí,
de la aceleración y el desenfreno,
y saboreo a su lado aquel utópico placer
tantas veces buscado,
similar al de las mil y una noches
que consiguió el sultán de la leyenda
cuando se dejó seducir
por el sexo apacible de su querida Sherazade.
Joana, mi amor zen,
una levísima caricia de eternidad.
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