Celia, el esplendor.
Celia es alta, rubia, de piel pálida, casi de mármol, nacida exclusivamente para ser amada por otra mujer.
Parece una estatua de Miguel Angel que hubiese cobrado vida,
o una delicada matrioska de los museos moscovitas,
pero es una mujer de Timanfaya, la isla del fuego.
La conocí en Arrecife, la capital lanzaroteña,
y no tardé en descubrir
que su piel de nieve escondía un volcán en erupción.
Celia es como la malvasía de Lanzarote,
suave, apetitosa y refinadamente embriagadora.
Amarla es saborear una copa rebosante de belleza.
Su mirada narcotiza,
tiene una tóxica serenidad que me atrapa por completo.
Me quedaba en la cama a su lado en silencio,
admirando cada uno de los rincones de su cuerpo
y asombrándome que fuese posible tanta perfección.
-¿Que haces?
-Emborracharme de ti.
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