
Graciela posee la hermosura de una sonrisa optimista,
el atractivo de un buen humor a toda prueba
y el encanto de la amabilidad.
Su piel exhibe una decorosa puesta en escena,
a mil años luz del descaro frívolo de una pin-up.
Su cuerpo desnudo
adquiere la confortable textura de un edredón,
y su sexo recogido y sugerente,
más que un apasionado volcán
es una fresca fontana .
Graciela es mi vecina,
me pasa el pan y la sal,
y de vez en cuando,
con más frecuencia
de lo que podía considerarse compañerismo
y menos de lo que sería una relación impetuosa,
me ofrece un beso húmedo y tímido,
envuelto en una pícara sonrisa.
Siempre supe que Graciela era lesbiana,
y siempre supo ella que yo la deseaba,
sin arrebato pero con constancia,
sin vehemencia pero con asiduidad.
Ayer se presentó en mi casa
con una botella de champán y dos copas.
Nada más entrar,
me regaló un beso más detenido y posesivo
y me pidió posar desnuda para mi cámara de fotos.
Una excusa para una noche de amor,
donde se demostró una vez más
que la suma de las dos eses (sexo+simpatía)
es un cóctel irresistible.
Graciela, sin ser una belleza deslumbrante,
se transformó para mí en la reencarnación de Venus.