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Soy una actriz porno:

¿Y qué?

Pasaba por aquí y...

 cinica

         Me he vuelto más cínica, se me están cayendo las tetas y es motivo más que suficiente. El día que tenga los muslos fláccidos, entonces más que cínica me volveré histérica, pero tiempo al tiempo. Ayer rompí con mi novia, una exótica que cacé al vuelo en los chats de ultramar, tampoco valía para tanto, era feilla, pero tenía una ternura que la transformaba. Lo que pasa es que corren malos tiempos para la ternura, ahora lo que cuenta es el aquí te agarro aquí te beneficio. Cansada de posar desnuda para otros, esto del sexo lo llevo fatal, porque paso de ser estrecha como una novicia, a coger lo que me llega, sin más, sea masculino, femenino o neutro, es lo malo de enseñar el coño a fotógrafos y videógrafos. Cada cual sirve para lo que sirve, y como me gano bien la vida, pienso que ya mis tetas comienzan a no estar fotografiables, y me veo en pocos años, como amante tonta de un ejecutivo con pasta, que me presta lo que sea a fondo perdido para llegar a fin de mes,  como relaciones públicas supermaquillada en discotecas que se van al garete, o lo que es peor, como puta retirada de un viajante de Murcia. Me hubiese gustado que un día alguien se hubiese interesado más por mis escritos que por mis pezones, pero de la misma forma que los árboles no dejan ver el bosque, las tetas no dejan ver la inteligencia. Y ahora van, las muy zorras, y comienzan a caerse, maldita ley de la gravedad, esto es la hecatombe.

 

 

Carla o el Esplendor.

Carla o el Esplendor.

Carla practica, o mejor dicho, incita a un sexo limpio, elegante,
suave hasta el paroxismo, sin gritos y con susurros, 
con ella me deslizo en la pendiente del deseo,
acunando el leve gemido de una carne
disuelta en una incesante y delicadísima oleada de placer.
Mi pasión por ella se acrecienta
cuando me regala un strip tease inverso,
es más excitante conforme abandona su desnudez primera
y se viste con el maravilloso artificio de unos tejidos seductores,
que se convierten en su otra piel.
Carla, sexo de satén, y burbujas de champán,
Carla, compañera perfecta en cenas de caviar y glamour,
donde puedo admirar, a la luz de las velas,
el fulgor de una figura concebida para embriagar la mirada,
Carla, soberana belleza de un erotismo sin frenesí,
con la distinción de un vals,
Carla, hermosa hasta decir basta,
propietaria de besos deslumbrantes
que parecen extraidos de las entrañas de una diosa,
Carla, vivo retrato del sueño de la perfección,
cincelado por un artista enfermo de estética.
Carla, adorada, admirada, envidiada, deseada y mil veces querida,
con ella aprendí que la pasión más intensa es también la más sutil,
y que el orgasmo más volcánico es capaz de tener
el tacto de la seda inmaculada,
el aroma de una rosa sin espinas,
el color de un pálido cielo,
el sonido de una coral de Bach,
y el sabor de aquella fruta prohibida del último paraíso.

Sara, el apogeo de la carne.

Sara, el apogeo de la carne.

Cuando me dejo dominar por la sensualidad pura y dura,
cuando ansío que el deseo de la piel me avasalle,
cuando sueño con la voracidad de la pasión y el sudor del sexo,
entonces me viene al recuerdo, irresistible,  
el tembloroso espasmo
de mi querida, inflamada, fogosa, deslumbrante y embriagadora
Sara.
La recuerdo, acurrucada en mi hombro,
y me estremezco,
la vislumbro, pegada a mi piel,
y se eleva la temperatura de mi deseo,
evoco la carnalidad de sus labios,
y me dejo devorar por el ansia de su boca.
Sara, sexo puro,
deslumbrante venus de piel de nieve,
surgida del mar azul de una mirada impaciente,
Sara, para amar, sin tiempo ni medida,
hasta el agotamiento,
hasta el último gemido,
con el cuerpo incondicionalmente abandonado,
ante la inmensa exaltación del placer.

Juana, apetitosa curiosidad.

Juana, apetitosa curiosidad.

Pasaba por mi lado
y solamente me llamaba la atención su acogedora sonrisa.
Presentía en ella a una mujer protectora,
de caricias cálidas, de mimo cariñoso, de tibias humedades.
Sin pretenderlo, la curiosidad dió paso al deseo,
urgente y  ardiente,
aunque su pareja, una furiosa cuarentona,
me impedía cualquier acercamiento.
Bien observada, Juana era de lo más normal,
pero el umbral de sus promesas
superaba con creces sus posibles carencias.
El erotismo tiene razones
que la pura estética no entiende,
y así fue, cómo una noche, casi por sorpresa,
me dejé llevar por ese cariño acumulado,
y descubrí los ocultos y excitantes horizontes
de un sexo amable, sin aristas, mórbido y esponjoso.
Al día siguiente, Juana me regaló un beso que tardaré en olvidar,
y me dio un adiós con sabor a definitivo.
Resultó que su deseo era similar al mío,
una apetencia de aventura surgida de la curiosidad,
y por lo tanto irrepetible.
Pero el erotismo tiene razones
que la pura lógica tampoco entiende.
Y como el cartero, también el sexo, suele llamar dos veces.

Claudia, del verbo claudicar.

Claudia, del verbo claudicar.

Coincidía con Claudia en algún trabajo ocasional.
Admiraba su elegante desenvoltura,
envidiaba su exótica colección de amantes,
que ella exhibía sin pudor y sin excesivo entusiasmo.
Demasiado arrogante para mí, decía.
Y tal vez, por un oculto despecho, procuraba evitarla.
Su mirada me desnudaba y a la vez me congelaba,
razón suficiente para guardar ante ella una prudente distancia.
Desconocía, pobre de mí, que ya me había seleccionado.
Un día caí en sus brazos,
cuando yo menos lo pensaba, cuando ella más lo deseaba.
Lo que experimenté aquella noche
fue una sobredosis de droga dura.
Nunca olvidaré la experiencia de plenitud que se apoderó de mí,
cuando sentí, piel sobre piel, cómo su cuerpo se quebraba
ante el terremoto de un orgasmo infinito.
En su rendición, demostró su completa victoria.
Ahora sigue alardeando de ser reina del mambo,
su mirada continúa desnudándome,
sin embargo ya no envidio de ella su poderío,
sino todo lo contrario, su oculta y delicada fragilidad.
Y continúo soñando que una noche,
cuando yo menos lo piense, cuando ella más lo desee,
volverá a claudicar entre mis brazos.

Menuda pasión menuda.

Menuda pasión menuda.

Metro y medio de auténtico desenfreno.
Y de sonrisas, y besos, y lujo, y encanto,
y mirada que me atraviesa,
que me convierte en cómplice de sus travesuras eróticas,
de sus audacias morbosas e infantiles.
Rita alegre, Rita vitalidad, Rita fuego,
Rita refugio para sentirme madre y maestra, niña y discípula.
Aprendí, una y otra vez, que todos los caminos conducen a ella,
y en la sobremesa de otros festines de sexo
con otros cuerpos y otros rostros,
comprobé cómo surge, arrebatador,
su nombre, su cuerpo, su sexo, su paz.
Me gustaría que fuera mía, pero no, soy yo la que soy suya.
Como muchas otras más, que cuando cierran los ojos
piensan, sueñan, sienten, viven
sus maravillosas, seductoras, irresistibles caricias.

Margarita, flor de un día.

Margarita, flor de un día.

Me crucé con ella en la calle
y no pude evitar una sensación de peligro.
Todas las pelirrojas son peligrosas, por lo menos para mí.
Así que aceleré el paso
y no caí en la tentación de charlar con ella,
aunque en ese rápido encuentro
sí hubo ocasión de intercambiar leves sonrisas.
Pero la vida es una trilera,
y nos reserva siempre un as bajo su manga.
Horas después, en la cola del cine, me la volví a encontrar.
Llega, se pone a mi espalda y me sonríe.
El deseo, como el cartero, siempre llama dos veces,
así que no hubo película, sino un largo paseo
por la intrincada noche de una incendiaria pasión.
Al día siguiente, con resaca de caricias en mi cuerpo,
la contemplo desnuda en mi cama
y comprendo que mi atracción no es lo suficientemente fuerte
como para que rompa con mi actual pareja.
Me queda el sabor agridulce de la infidelidad
y algunos mechones de su cabello de fuego quemando mi piel.

Y te vas, y te vas,
y no te has ido.

Y te vas, y te vas, <br> y no te has ido.

Carnalidad pura sin estrecheces monjiles,
gula insaciable sin melindres dietéticos,
naturalidad hasta en lo más escatológico,
Marta campestre,
Marta amiga de pasear entre brezos,
Marta de mil tardes de amor,
en los verdes prados de tu querida Cantabria.
Lo nuestro es insistencia.
Nos amamos, nos separamos, volvemos a encontrarnos.
Nunca una breve pasión duró tanto.
Nunca un amor fiel tuvo tantas interrupciones.
Pero en cada reencuentro, saboreo de ti algo distinto.
Tu deseo ha ganado en amplitud y en exigencia.
Me seduces una y otra vez,
porque sabes que mi vanidad se agranda al estar contigo,
porque lucirte como mía ante la gente me excita y tú lo sabes,
y porque en la intimidad de unas sábanas compartidas,
tú eres la amante virtuosa que conoce todos mis registros
y sabe pulsar con delicadeza o con furia todas mis teclas.
Marta, mi droga, sabes muy bien cómo enamorarme.
Por eso vuelves a mí.
Por eso yo vuelvo a tí.
 

Elena, mi sol.

Elena, mi sol.

Nunca pensé que en la furia sexual pudiera latir tanta ternura.
Elena es el amor más goloso que se haya podido encarnar
en un cuerpo pequeño, mullido, abierto, alegre y manejable.

Mi pequeña niña luminosa, de mirada danzarina,
cada noche intento convertirte en un juguete de sexo,
y al alba, soy yo la que se despierta,
acurrucada en tus brazos,
como si fuera aquella muñeca de tu infancia
a la que dedicar tu inmensa veta de cariño.
Nada puede compararse al placer de comprobar
con qué dulce y deslumbrante insistencia
vas deshaciendo la niebla de mi tristeza,
y transformando mi oscuro amanecer
en una deliciosa mañana de esplendor.

Cuando me sonríes, se terminan las sombras.

Natalia, hielo ardiente.

Natalia, hielo ardiente.

Su piel es de nieve, su rostro, de hielo,
su belleza brilla asombrosamente fría,
su sonrisa tiene un trasfondo de mueca,
y en la perfección de sus líneas,
parece como si hubiera un exceso de gélido mármol
y una carencia de carne inflamada.
Pero cuando llega el deseo,
Natalia elimina el último velo que ocultaba su furia desnuda
y se desboca, se descontrola,
derrite su hielo en un incendio furioso
y me exige que horade con urgencia la tersura de su piel.
El glaciar se transforma en volcán.
Y descubro, por fin, a una fiera arrebatada
que no tolera ningún tipo de represión,
ni siquiera el más liviano asomo de continencia.
En este feliz momento
en que hasta su sombra se convierte en sexo,
ella abandona en mis brazos
un cuerpo perfecto que ha dejado de ser distante
y es por fin, un placer inmensamente cercano,
goloso, incandescente, devorable.

Natalia, mi diosa.
Natalia, mi vicio.

El frenesí de Hana.

El frenesí de Hana.

Hana, una erasmus danesa,
estudia castellano y se ha convertido en mi filóloga favorita.
La conozco en la biblioteca pública del barrio,
ella está leyendo a Garcilaso,
y me pregunta el significado de estos versos:
«Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma misma os quiero».
 Al rato, cuando su inteligencia lúcida y sensible
comprueba que me ha conquistado definitivamente, 
ella da por concluidas las palabras
y me habla en el idioma común de la piel.
Hana me ofrece su cuerpo sin artificio,
pura carne hambrienta de sexo.
Gracias a ese lenguaje compartido,
comprendo que el deseo tiene razones
que la razón no entiende.
Hana me arrastra al despeñadero de la pasión
allí donde la ternura pierde toda su elocuencia
y la caricia se queda corta
allí donde solo cuenta la furia y el delirio
donde el sexo obliga a dejar bien patentes
las marcas de una en la otra,
como territorio fieramente poseído.

Frenéticamente Hana.
Frenéticamente mía.

Gabriela y haz lo que quieras.

Gabriela y haz lo que quieras.

Gabriela dispone de un cuerpo goloso,
para acariciar y apretar,
para besar y sopesar,
para morder y penetrar.
Despliega una mirada pícara y triste,
divertida y melancólica,
terriblemente joven y a la vez asombrosamente adulta.
A Gabriela le gusta ser amada,
utilizada, estrechada,
absorbida, saboreada.
Me deja hacer con ella lo que me apetezca,
y a mis urgencias volcánicas
responde siempre con una sonrisa
enamoradamente comprensiva,
apasionadamente dulce,
desaforadamente sumisa.
Gabriela me excita en su pasividad,
porque no hay nada más morboso
que transformar su paciente inactividad en un ilimitado arrebato,
y convertir su apatía en ardor,
su abandono en frenesí,
su serenidad en convulsión,
su gemido en grito.

Gabriela, mi hielo, mi fuego, mi calma, mi furia.

Desbordándome Christy.

Desbordándome Christy.

Un orgasmo encadenado, sin fin. Cristina no conoce la palabra basta. Siempre preparada, siempre dispuesta, siempre hambrienta. Es el paraíso perdido, la tierra prometida del obseso sexual. Todo su cuerpo invita a la acogida. Es una mente abierta, unos brazos abiertos, una boca abierta, un sexo abierto. Pasa sin llamar, soy toda tuya, y ella se convierte en el hogar de mi hambre, en la fuente de mi sed, en la posada de mi camino, en el puerto y la meta, pequeña Cristina, puro zumo de sexo, de hermosísimo, tiernísimo, durísimo, morbosísimo, inigualable y brutal sexo. Mi pequeña fiera, que no conoce límites, que ama el sexo del hombre y la caricia tierna de la mujer fundidos en un solo cuerpo y en una sola mente. Cristina, sueño, fantasía erótica de lo más subido, para ayudarnos a vivir con alegría la pena nuestra de cada día.

Eli, sueño dorado.

Eli, sueño dorado.

Te he buscado una y otra vez,
he soñado que corrías a mi lado,
desesperadamente, ansiosamente,
a inyectarme la juventud y la vitalidad que te sobra,
a darme mil años de placer con piel en flor,
a seguir compartiendo confidencias entre beso y beso,
a sentir como nuestro sexo ríe de gozo,
y cómo una sola caricia tuya me abre las puertas de la felicidad.
Eli, tantas veces querida, deseada, amada, besada,
eres el reposo de mi boca insaciable,
la posesión de un cuerpo pensado para ser amado,
eres mi sueño dentro de mi sueño,
placer que se reproduce a si mismo,
y que cobra la forma de mujer ideal,
de ese eterno femenino que persigue mi corazón de mujer.
Eli, desbordada ilusión,
inextinguible llama de esperanza,
acariciable utopía,
por muchas mujeres que pasen por mi vida,
ninguna estará en todas como lo estás tú.

Cierro los ojos y siempre te tengo muy a mi lado.
Aunque nunca más te vuelva a ver.

Sosegada pasión,
mirada mágica.

Sosegada pasión,<br>mirada mágica.

Hasta que la conocí , nadie me había besado tan bonito.
Sus besos son suaves, continuos, incitantes,
ligados unos con otros,
de forma que uno alimenta el deseo de iniciar otro,
en un ritmo constante sin ser agitado,
con hambre, pero sin ansia.
Joana despliega el erotismo de la laguna en calma,
su belleza es un trasunto de armonía,
y sin tener una impecable figura,
consigue trasladar la imagen de una belleza
serenamente humana,
profundamente femenina,
auténticamente apetecible.
Hay un imán oculto en su mirada que hipnotiza y arrastra,
que marca el territorio, que podría esclavizar,
pero que se queda a mitad de camino,
como el pájaro cautivo a quien le han abierto la jaula,
para que pueda huir….y también volver.
Su amor tiene la forma de un plácido reposo.
Cuando estoy con ella,
me olvido de la agitación y el frenesí,
de la aceleración y el desenfreno,
y saboreo a su lado aquel utópico placer
tantas veces buscado,
similar al de las mil y una noches
que consiguió el sultán de la leyenda
cuando se dejó seducir
por el sexo apacible de su querida Sherazade.

Joana, mi amor zen,
una levísima caricia de eternidad.

Karma,
de la anarquía al burka.

Karma, <br>de la anarquía al burka.

Karma tenía un blog bastante fiero y sin pelos en la lengua que la retrataba a la perfección.

Lo seguía muy atentamente, y una vez comenté uno de sus post, matizando sus conclusiones, un tanto radicales, sobre las cosas y las gentes de su vida. Al cabo de unos días, Karma hizo lo mismo en mi blog, y de ahí nació una relación por e-mail, cada vez más intensa, sincera, abierta y estimulantemente provechosa para nuestras mentes.

Todo podía haber quedado en una gran amistad a distancia, si no fuese porque el pícaro azar juega a los dados con nuestros corazones. Una noche me la encontré en la plaza de mi barrio, tomando copas con un amigo mío, un viejo confidente de correrías, y a la segunda frase nos identificamos, nos reconocimos, y nos difuminamos en la atmósfera.

Viví con ella una semana de pasión que nunca se me quitará del pensamiento.

Pero un buen día, Karma sintió la llamada del Sur y abandonando trabajo y amigos, viajó a su tierra prometida: Granada.

Lo último que sé de ella, es que ha dado un cambio brutal a su vida. Aquella mujer abierta y desinhibida, sin prejuicios y sin credos, se ha convertido en la solícita y callada esposa de un musulmán granadino.

Así es mi querida Karma: ayer insolente, hoy sumisa, ayer exhibicionista, hoy pudorosa, ayer agnóstica, hoy piadosa, pero ayer, hoy y siempre: extremista, sorprendente, única.

Gina, alborotado deseo

Gina, alborotado deseo

Gina es una italiana que vivía en mi barrio y visitaba con frecuencia el ciber a donde suelo ir a mirar el correo y colgarme del messenger.

Coincidíamos en la puerta: ella llegaba, cuando yo me iba, pero invariablemente tenía tiempo de regalarme, al cruzarse conmigo, una sonrisa golosa, picante y muy nutritiva.

Un día me quedé más tiempo solo para esperarla. Ella entonces se sentó ante un ordenador situado enfrente del mío. No sé cómo había conseguido mi email, lo cierto es que me mandó un mensaje muy provocativo y yo piqué creyendo que era otra persona, hasta que, al cabo de un rato, cuando las insinuaciones habían subido de tono, no pudo aguantarse más y soltó una divertida carcajada que trastornó a toda la sala. La miré con asombro y ella me envió un mensaje que ya no necesitaba el concurso del chip. Se acercó y, ante los asombrados ojos del personal, me dio uno de esos besos que sólo los puede ofrecer una italiana del sur.

Fue una noche arrebatadamente irresistible. Gina me dejó la huella de sus dientes en mi piel, la huella de su sonrisa en mis ojos, la huella de su pasión en mi sexo.

Al día siguiente, me encontré con una nota suya en donde me anunciaba que volvía a su querida Italia, y me sugería la posibilidad de un segundo encuentro, en alguna terraza romana, tomando juntas un capucino, y saboreando de antemano una segunda noche de amor disparatado.

Gina, pícara, Gina, traviesa,

Gina, revoltosa ladrona de corazones.

Blanca, blanquísima.

Blanca, blanquísima.

Es lo bueno de Blanca:
Que es muy legal, muy sincera,
muy noble, muy auténtica.
No disimula, no finge, no se anda por las ramas,
agarra lo que quiere,
y sonríe sabiendo que es suyo por derecho de conquista.
Y lo hace sin dominar, sin prepotencia,
con una total y absoluta entrega,
con una apasionada rendición incondicional.
Blanca prefiere recibir que dar,
pero es muy fácil llenarla de placer
y me lo agradece de una forma
que al final yo recibo mucho más de lo que le doy,
porque lo recibo con gritos y gemidos,
con sonrisas y lágrimas,
con besos y arañazos,
con furia y mimo,
con sed y ternura.
Frente a tanto cariño seco y falso,
Blanca es mi inolvidable y húmedo amor.
Me gustaría llevar a Blanca dentro de ese maletín
que, en sus viajes sin sentido por el océano de los sentidos,
siempre lleva vacío,
a saber por qué,
mi loco corazón.

Greta, contagiosa sal marina

Greta, contagiosa sal marina

Como buena pelirroja,
Greta tiene un punto de peligrosa,
que la convierte en una chica felizmente poco recomendable.
Sexualmente no tiene remilgos,
siempre tiene hambre y come de todo.
Tampoco se corta.
Me la presentaron
y a los cinco minutos ya estaba entretenida
en hacerme atrevidas proposiciones,
a mí y a mi novia de entonces.
La volví a ver este verano en Ibiza,
en una de esas excursiones en yate
en donde solo conoces a quien te invitó a subir a bordo,
amigo de una amiga de un amigo de la novia del dueño.
Aquel día, después de una comida pantagruélica,
a la hora de la siesta,
cuando unos se bañaban, y otros dormían al sol,
Greta me llevó al camarote del capitán,
y navegamos juntas
en una maravillosa, inolvidable e interminable tarde
de sol, sudor y sexo.

Greta ha hecho conmigo,
lo que hace con todos y todas,
contagiarme con su virus.
No la he vuelto a ver más,
pero da igual,
ella sabe que el próximo verano, volveré a Ibiza,
solamente para estar con ella.

Carolina, tentación apetitosa

Carolina, tentación apetitosa

Me atrajo tu poderío,
esa forma de andar por la vida,
sin melindres ni abalorios,
decidida a buscar el placer
por encima de todos los tópicos.
Era muy dificil no acabar en tus brazos.
Eres mi panal de miel
y mi hambre es más golosa que nunca,
por ser como eres,
porque te ofreces en tu desnuda inmensidad,
rebosando placer,
dispuesta a compartir todos los juegos,
sin otro compromiso que el de seguir jugando,
a saber cómo, a saber cuándo.
Estás y no estás,
y cuando te acercas a mí,
siempre acabo cayendo
en tu desafiante y arrebatadora tentación.