Sexo se escribe con S.
Salvaje, sabrosa, sarcástica, sagaz,
sedienta, seductora, sensible, sensual, serena, servicial,
sibilina, simpática, sincera, singular,
sobrada, solicita, sorprendente,
suave, subversiva
Susana.
Salvaje, sabrosa, sarcástica, sagaz,
sedienta, seductora, sensible, sensual, serena, servicial,
sibilina, simpática, sincera, singular,
sobrada, solicita, sorprendente,
suave, subversiva
Susana.
Creía tener fuerzas para resistirla,
pero su ola me arrastró
y me sorbió el seso
-y el sexo-
en una mañana que dificilmente olvidaré.
Luego ella cerró los ojos
y dejó que le acariciara un rato su cuerpo de chiquilla,
excitándome aún más
por las mil imperfecciones de la primera juventud.
Al cabo de un rato,
sin decir otra palabra que un adiós a media voz,
saltó de la cama, se vistió y se fué,
dejandome exhausta,
con el cuerpo devorado
y el corazón herido
por el vendaval sin freno de su pasión.
Sé que Marta no volverá.
Está en la edad de probar y no quedarse con nada.
Pero nunca olvidaré la mañana en que entró en mi casa
y en mi vida
para transformarse en una arrebatadora tormenta de verano.
Carmen tiene hambre de hombre y no lo disimula.
De vez en cuando,
hace un pequeño paréntesis,
y a modo de aperitivo,
le apetece algo femenino.
Aquella noche pasé a su lado
y casi sin mediar palabras
me cogió y me comió a trocitos.
Tremenda e insaciable Carmen,
me queda la impresión de que fuí poca cosa para tí.
Por el contrario,
yo te llevo tan dentro desde entonces
que estoy saciada de tí,
por mucho, mucho, mucho tiempo.
Evocar los viejos tiempos e intentar revivirlos,
puede convertirse en un fascinante desatino.
Marina, siempre solícita,
ha vuelto a recordar con sus caricias
las veces que nos amamos hace unos años,
en el cálido Mediterráneo,
en esos crepúsculos interminables frente al mar,
mientras Menorca, Marina y yo
dejábamos que la calma nos penetrase.
Cantaba María Callas Casta Diva,
Marina recorría mi territorio prohibido
y yo agonizaba en su piel.
Esta mañana no estaba Menorca, ni el crepúsculo, ni la Callas,
pero en este fresco rincón de la casa,
donde el vino y yo soportamos los rigores del verano,
Marina llegó, vio y una vez más volvió a vencerme.
La nostalgia, sí, es un error.
Pero qué maravilloso error...
Marisa es una tentación que seduce, embruja, fascina, embelesa, subyuga, hechiza, cautiva, deslumbra, encadena, arrebata, envuelve, atrae, contamina y conquista total y definitivamente.
Y no lo hace con un cuerpo rebosante de poderío,
ni con una figura dominante y avasalladora.
Marisa es pequeña, liviana, sencilla, discreta, frágil y delicada.
Pero tiene una sonrisa irresistible y mágica,
absolutamente encantadora,
y la utiliza como palanca para mover el mundo
y ponerlo a sus pies.
Marisa mujer total.
Y fatal.
Antigua compañera de trabajo, siempre tuve envidia de su forma de ser, absolutamente desinhibida, en una época en que yo era un amasijo de complejos estúpidos.
Cuando conseguí desembarazarme de ellos, hacía tiempo que Bea se había buscado otros mundos que vivir y otras compañías más gratas que disfrutar.
Pero la vida siempre te ofrece una segunda oportunidad, esta vez dentro de una invitación a una de esas cenas en donde se intenta camuflar una noticia con la última bobada del cocinero de turno. Tomando un canapé de nombre inconfesable, me la volví a topar, y desde el primer beso comprendí que esta vez no nos ibamos escapar una de la otra.
Dejamos que el mundo siguiera rodando, y nos perdimos como lobas hambrientas en la habitación de un hotel.
Con ella aprendí a saborear el sexo con dolor,
el beso con sangre,
el erotismo a punta de uña,
el grito sudoroso,
la herida lacerada del deseo.
Bea, inolvidable Bea,
furiosamente amada
rabiosamente amante.
Es un pequeño imán de atractivo suave e insistente,
su mirada lleva una sabia mezcla de ingenuo asombro
y de exquisita y sutil fragilidad.
Su piel transmite una tersura sedosa
proclive a deshacerse ante las embestidas de la pasión,
como si necesitara la precisa actuación
de un orfebre experto en miniaturas.
Pero nada más comenzar el fragor de la batalla
descubro con sorpresa que tras su apariencia infantil,
se esconde una mujer apasionadamente fiera,
que su inocencia refinada es tan sólo una mórbida máscara
que camufla un cuerpo abierto y dispuesto
a dar y recibir placer a través de todas las locuras
que pueda imaginar mi obsesión calenturienta.
Rosa insensata, rosa furiosa,
rosa hambrienta, rosa morbosa,
rosa de sexo rosado, húmedo, mío.
Teresa me tenía en su punto de mira
y yo nunca quise reconocerlo.
La veía excesivamente pagada de sí misma,
cargada de pretensiones,
su mirada me congelaba
y le atribuía un cronómetro por corazón.
Sexualmente me atraía, por la evidente perfección de su figura,
pero nunca me sentí urgida por la excitación.
Podía pasar de ella.
Pero no sabía que ella no tenía intención de pasar de mí.
Sucedió una noche en que yo estaba obsesionada
por acostarme con su mejor amiga.
Había sacado a relucir todas mis armas de mujer,
pero cuando su amiga estaba a mi merced,
me eché para atrás,
y me contenté con paladear el sabor de la conquista.
Teresa había observado todo mi incesante cortejo
y su imprevisto final,
y en ese momento entró en mi vida, sin pedir permiso,
y me demostró la altura, la anchura y la profundidad
de una pasión que no conoce freno, ni entiende de reglas.
Teresa cultiva el sexo como el último grito de un cuerpo
entregado al placer más intenso,
orgasmo tras orgasmo, hasta el gemido final,
cuando ya no quedan fuerzas
y las lágrimas del placer
se confunden con el sudor del esfuerzo.
Teresa nunca me ha dicho lo mucho que me quiere,
pero la imagen desaforada de su deseo
vale más que mil palabras de amor.
Conocí a Jana hace un año
y tuvimos una breve relación apasionada
que se cortó, no sé muy bien por qué.
Después coincidimos en bastantes fiestas
pero sin que ninguna de las dos
hiciéramos nada para volver a vernos.
Se diría que estábamos condenadas a olvidarnos,
pero la vida es una curiosa celestina.
La otra noche estaba allí,
aunque no me había dado cuenta.
Yo me entretenía persiguiendo
a una chica relativamente interesante
hasta que al final, quedé agotada
de su frivolidad un tanto infantil.
En ese preciso momento, apareció Jana
y se me abrieron las puertas del cielo.
Jana tiene sangre oriental y latina,
puede ser una chica zen,
calmada, pasiva, atenta y servicial como una gueisa,
y de repente,
pasar a un estado de erupción apasionadamente salvaje.
Jana, dos mujeres en un cuerpo leve y ágil, dulce y picante,
en una piel de porcelana china,
en una mirada que me alivia y me obsesiona,
que me hiela y me quema..
Jana, amor de ida y vuelta,
que me arrebataste de nuevo el corazón
para dejar constancia
de que nunca habías llegado a devolvérmelo por completo.
Sudor, deseo, hambre, pasión.
Sexo en estado puro.
Sin aditivos, sin conservantes, sin colorantes.
Sin maquillaje, sin excusas, sin pretextos.
Carne en pálpito,
alegremente insaciable,
estimulantemente abierta.
Así es Lucía.
No conocía el amor de mujer a mujer,
pero se desnudó en cuerpo y alma,
con la única ilusión de hacerme crujir de placer.
Lucía, pequeña Lucía.
Apasionado vendaval de una noche loca y sin freno.
Nos teníamos para la confidencia,
para la broma a distancia,
para la conversación fascinantemente dispersa
y maravillosamente inagotable.
Nos teníamos para estar unidas en la distancia,
gracias a la compenetración de dos mentes.
Exacta palabra,
nos penetrábamos una a otra
con un pene inexistente pero real llamada cerebro.
Nos teníamos tanto
que no podíamos vivir una sin otra,
aunque nunca hubiésemos estado físicamente juntas.
Un día no pude más y le envié este mensaje:
No quiero de ti tu cabeza, ya la conozco, es mi droga diaria. Solo quiero tu cuerpo, o mejor dicho, mi cuerpo quiere tu cuerpo, a pesar de las diferencias que los separan, porque, precisamente a causa de esas diferencias, mi cuerpo tiene prisa por devorarte y ser devorado por ti, el tiempo corre en su contra. Ahora no quiero hablar contigo, quiero besar tus labios, acariciar tus pezones, pegarme a tu vientre, beber tu sexo. Estoy definitivamente obsesionado por ti.
Asombrada, casi confundida, ante tanta fascinación,
me acerqué a tu piel casi con reverencia.
Tu hermosura elegante, casi angélica,
frenaba mi ansia de caricias,
pero la sensualidad de tus ojos
y la humedad exquisita de tus labios
me animó a sumergirme en el remolino de la pasión.
Y mi deseo persistió aún después de haber sido satisfecho,
porque tu poderoso atractivo parece inagotable.
Alicia, vida mía,
muéstrame sin reservas
la maravilla de tu piel suavemente morena
que parece hecha de miel dulcísima,
hiéreme con las flechas de tu mirada
que atraviesan los ojos del alma,
baila la danza de la ternura
en el escenario que mi corazón ha dejado libre para ti,
porque quiero ser para ti
la flor que acaricias,
el lecho de hierba donde te tiendes,
la túnica de tul que pasas por tus labios,
y tu belleza limpia y natural, maquillada por los dioses,
anima una y otra vez mi ansia de ti
y te beso, te acaricio y te poseo y es tan intenso mi apetito,
que el orgasmo me envuelve con una suavidad infinita,
mi cuerpo se derrite
y en mis ojos fluyen las lagrimas
ante una perfección que sólo puede ser posible,
si se concibe como un sueño.
Coincidí con ella en un bar de vinos.
Se la veía nerviosa. Estaba esperando a alguien.
Me acerqué a ella, para ofrecerle una segunda copa.
Se notaba que estaba desorientada,
pero su mirada melancólica
no conseguía ocultar un trasfondo terriblemente sensual.
El presunto novio al final llegó a la cita,
pero lo suficientemente tarde,
como para conseguir de ella su número de móvil.
Al cabo de unos días la llamé.
Quedamos en el mismo sitio y a la misma hora.
Se presentó más triste que la primera vez
y con unas ganas locas de emborracharse.
Estaba claro que había roto con aquel tipo
y quería probar el amor desde la otra orilla.
Bebió vino hasta saciarse,
y sin apenas probar bocado,
me besó con hambre y se invitó a mi cama.
Mientras íbamos a casa
pensé que no me gustaba tanto como al principio.
Su mirada era demasiado ansiosa,
no me gustaba su forma de andar, un tanto masculina
y tampoco me agradaba
que intentara vengarse del otro, en mi sexo.
Estuve a punto de soltar una excusa y decirle hasta la próxima.
Felizmente me contuve.
Al llegar la cama,
ella me arrebató,
y olvidé definitivamente mis prevenciones de mujer calculadora,
porque tomándome una y otra vez,
Sara se hizo sexo.
Directo, esencial, puro y duro.,
Sin más preámbulo.
Sin más palabras.
Nadie como ella para entregarse al amor
sin limitaciones, sin prejuicios, sin normas ni leyes.
Ama y haz lo que quieras.
Lo dicen sus ojos,
su sonrisa,
su deseo,
la disponibilidad de su cuerpo,
esa oculta determinación de sufrir para gozar,
de someterse para dominar,
de mancharse para purificarse,
de bañarse en el fango,
para volar mejor hasta la cúspide.
Y en medio del fragor de la batalla,
cuando el sexo se convierte en antropófago,
una mirada suya
me devuelve a la inocencia de una utopía
donde la ternura de los recuerdos
supera al placer del más intenso orgasmo.
Silvia, angel y demonio,
diosa y prostituta,
es tu dulce furia,
es tu cariño febril,
es tu sensata locura,
lo que me lleva inexorablemente
a perderme muy dentro de tí.
Eva siempre tiene dispuesta, para propios y extraños,
una veta inagotable de arrolladora simpatía,
y venga o no venga a cuento,
les ofrece al momento una sonrisa contagiosa.
Eva odia las caras tristes,
los asuntos aburridos,
los minutos de silencio,
y prefiere el divertido alboroto de una conversación ingeniosa.
Eva es la mejor pareja que puede encontrar otra mujer
para compartir la cama una noche de invierno,
cuando el frío invita a acurrucarse entre sus pechos,
y buscar el regocijo de una piel
dispuesta a saborear la copa más alborozada del amor.
Estando con ella,
es difícil tomarse en serio la sacudida febril del erotismo,
porque ella tiene el acierto de culminar el ansia sexual
con un colofón divertido
que ahoga, entre oleadas de risas, el incendio más apasionado.
Eva, mi amor, mi refugio, mi pícaro postre, mi contrapunto,
siempre fuiste la mujer que nunca me atreví a ser
y mi sueño es contemplarte
como la imagen que de mí podría reflejar
un espejo situado en la dimensión contraria.
Por eso, hay días en que lo dejo todo,
el placer más exquisito y la pasión más sórdida,
y me acerco mucho a ti,
para admirar con emoción tu irresistible vitalidad
y saciarme con el torrente de la alegría
que vas dejando a tu paso por la vida.
Promete mas de lo que da, pero una promesa suya
es mucho más erótica que mil realidades.
Parece distante, pero su aparente absentismo
es una sutil y apasionada forma de pulsar
las teclas más profundas y excitantes de mi sexo,
Intento saciar mi ansia de su piel
nada mas abrir los ojos cada día
y compruebo que, a pesar de los años que le saco,
me siento inferior.
Ha sabido darme su pícaro cariño de joven adolescente
sin que en ningún momento
yo me pudiera situar en el estrado de la maestra.
Todo lo contrario,
me he sentido alumna de una colegiala
que a pesar de su aspecto angélico,
siempre tiene el acierto de encontrar un punto nuevo
donde dictar una nueva y desenfrenada lección magistral
Su cuerpo,
dulce terrible y pequeño melocotón,
de exquisitos jugos,
se ha hecho mío,
me ha llevado de la mano hasta alcanzar las puertas del cielo,
pero inmediatamente después,
-otra sibilina estrategia de toda una doctora en la materia-
me ha regalado una sonrisa traviesa,
y me ha dicho adiós,
hasta luego o hasta nunca,
para buscarse otra muñeca virtual,
con la que jugar al sexo
frenéticamente suave,
y posesivamente libre,
que suele producirse
entre una niña que quiere ser mujer
y una mujer que quiere volver a la niñez.
Celia es alta, rubia, de piel pálida, casi de mármol,
nacida exclusivamente para ser amada por otra mujer.
Parece una estatua de Miguel Angel que hubiese cobrado vida,
o una delicada matrioska de los museos moscovitas,
pero es una mujer de Timanfaya, la isla del fuego.
La conocí en Arrecife, la capital lanzaroteña,
y no tardé en descubrir
que su piel de nieve escondía un volcán en erupción.
Celia es como la malvasía de Lanzarote,
suave, apetitosa y refinadamente embriagadora.
Amarla es saborear una copa rebosante de belleza.
Su mirada narcotiza,
tiene una tóxica serenidad que me atrapa por completo.
Me quedaba en la cama a su lado en silencio,
admirando cada uno de los rincones de su cuerpo
y asombrándome que fuese posible tanta perfección.
-¿Que haces?
-Emborracharme de ti.
Cuando estoy imposible con mis exigencias
Cuando me dejo arrastrar por la imagen pura y dura
Cuando mantengo la estúpida fijación de la perfección corporal
Cuando solo pienso en línea, tipo, medidas, figura...
aparece ella rompiendo mis estúpidos cánones de belleza
y con su forma, directa y definitiva, de entender el sexo,
donde nada es imposible y todo está permitido
me desmonta el chiringuito.
Ella se come el mundo de la armonía
y lo transforma en el abismo de la pasión.
Gracias por estar ahí,
Martina,
gracias por romperme del todo
y por enseñarme a querer más allá de cualquier norma.
Corazón inflamado
Mirada retadora
Labios incitantes
Carne luminosa
Así es Daniela.
Sin embargo, la negué
después de haberme regalado de forma imprevista
un profundo e impetuoso placer.
Pero ella, en vez de ofenderse,
derrochó la sensibilidad que a mí me faltó
y provocó un segundo encuentro
mucho más arrebatador que el primero.
Daniela sabe esperar
Sabe olvidar
Sabe querer.
Porque no hay pasión más irresistible que la generosidad.
Nos teníamos ganas, aunque procurábamos no frecuentarnos,
tal vez por miedo a caer en el remolino de una pasión
que podría no tener un final feliz.
Pero las precauciones son malas consejeras,
y no se pueden mantener las incógnitas
cuando la pasión llama a la puerta,
Ester es confiada, pícara, ardiente,
sin prejuicios ni tabúes,
pero su desparpajo sexual lo sabe combinar
con un punto de inocencia que la hace aún más deseable.
Nos tomamos por curiosidad,
nos saboreamos por gula,
nos saciamos por placer.
Y ahora somos amigas y cómplices
en este viaje circular alrededor de un mundo llamado sexo.