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Y te vas, y te vas, y no te has ido. Carnalidad pura sin estrecheces monjiles, gula insaciable sin melindres dietéticos, naturalidad hasta en lo más escatológico, Marta campestre, Marta amiga de pasear entre brezos, Marta de mil tardes de amor, en los verdes prados de tu querida Cantabria. Lo nuestro es insistencia. Nos amamos, nos separamos, volvemos a encontrarnos. Nunca una breve pasión duró tanto. Nunca un amor fiel tuvo tantas interrupciones. Pero en cada reencuentro, saboreo de ti algo distinto. Tu deseo ha ganado en amplitud y en exigencia. Me seduces una y otra vez, porque sabes que mi vanidad se agranda al estar contigo, porque lucirte como mía ante la gente me excita y tú lo sabes, y porque en la intimidad de unas sábanas compartidas, tú eres la amante virtuosa que conoce todos mis registros y sabe pulsar con delicadeza o con furia todas mis teclas. Marta, mi droga, sabes muy bien cómo enamorarme. Por eso vuelves a mí. Por eso yo vuelvo a tí.
Margarita, flor de un día. Me crucé con ella en la calle y no pude evitar una sensación de peligro. Todas las pelirrojas son peligrosas, por lo menos para mí. Así que aceleré el paso y no caí en la tentación de charlar con ella, aunque en ese rápido encuentro sí hubo ocasión de intercambiar leves sonrisas. Pero la vida es una trilera, y nos reserva siempre un as bajo su manga. Horas después, en la cola del cine, me la volví a encontrar. Llega, se pone a mi espalda y me sonríe. El deseo, como el cartero, siempre llama dos veces, así que no hubo película, sino un largo paseo por la intrincada noche de una incendiaria pasión. Al día siguiente, con resaca de caricias en mi cuerpo, la contemplo desnuda en mi cama y comprendo que mi atracción no es lo suficientemente fuerte como para que rompa con mi actual pareja. Me queda el sabor agridulce de la infidelidad y algunos mechones de su cabello de fuego quemando mi piel.
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